Como se ha revisado con
anterioridad, la evaluación es un proceso constante que se lleva a cabo sobre
las políticas o programas (que atienden problemáticas) y los efectos que estas
tienen con los recursos que se le asignan.
Para el evaluador con visión integral
es importante considerar que no solo se trata de mitigar en lo inmediato la situación
de la población objetivo, sino también, tener una visión de mediano y largo
plazo que permita que la brecha entre la población potencial y la objetivo se
reduzca.
Pero ¿Cómo entonces se realiza
una evaluación integral?
Desde mi humilde interpretación,
los expertos en el tema coinciden en que la evidencia es la materia prima de
cualquier esfuerzo de evaluación. La evidencia del problema, del contexto de la
población objetivo, de la cobertura, de la planeación y diseño del programa, de
la implementación, de los procesos, de la toma de decisiones, de los resultados,
de los impactos mismos, entre otros; permite que, teniendo en cuenta nuestros
criterios, establezcamos márgenes de movilidad para los alcances de una política
o programa, es decir, nos permiten saber cuándo (y por cuanto) estamos por
debajo o por encima de alguna situación deseada en cualquier momento del
programa.
La evaluación integral, por lo
tanto, brinda evidencias que permiten que la toma de decisiones mantenga
constantes o incremente las situaciones deseadas sobre la población objetivo,
logrando así que el programa alcance los fines que se propone.
Es importante desarrollar el tema, mencionar las fases evaluativas y su interrelación
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